Su pasión por ella crecía y se extendía en la distancia, como
el rumor del viento atravesando los bosques, meciendo las hojas caídas del
otoño y lóbrego como el murmullo del oleaje taciturno, con voz vetusta y
arcana, la oscuridad iba tejiendo con hebras de azabache la bóveda celeste que
se convertiría en su infortunio.
Morgan se postra de rodillas ante la majestuosidad de
Ailish, le toma la mano observando su mirada, dejándose naufragar en el
interior de su océano, la besa con picardía, mientras el viento se arremolina
peinando la hierba y desatando la tempestad y la magia. Acaricia el rostro de
Ailish con liviana ternura, como la brisa de la mañana agitando sus largos
cabellos.
De pie al borde del abismo, acantilados y salvaje oleaje
ante él, la tibieza del sol le acuna y sus labios riegan su alma de versos.
—Ailish, déjame dibujar tu rostro en mis sueños, arder en tu
fuego como ascuas en la hoguera del tiempo, méceme en tu marea hechizante,
embaucadora como canto de sirena, embriagadora como el licor de mandrágora y
fluye como la melancolía y la niebla, como cenizas, noche eterna, oscuridad que
por dentro me llena y desborda. Húndeme en los albores del olvido, más allá de
los lagos de la memoria donde vago errante buscándote en silencio—.
Morgan sonríe, y acaricia su cuello, serpenteando por su
espalda como un torrente de aguas salvajes, le mira, y en su garza mirada se
refleja el fulgor de la luna llena en declive hacia poniente, horizonte difuso,
fundiendo el mar y el cielo en la lejanía. Ella juega con sus sentimientos, le
mira con ojos pícaros regalándole una sonrisa y al mismo tiempo hace un mohín
molesto como si simplemente él no encajara en sus pensamientos. Él seguirá
perdido hasta que la sonrisa burlona del alba le encuentre deshecho en
estrellas de plata, moribundo, vagando como luceros errantes atravesando la
cúpula azabache, la mirada de ella le lanza danzas armónicas de fuegos fatuos.
Los valles se teñirán de sombras, los campos se cubrirán de sombríos rostros y
tenebrosas miradas agazapadas.
Morgan se postra de
rodillas ante ella, toma su mano y la besa suavemente mirándola en la
profundidad de sus ojos. Juega con su lengua sobre su piel como el viento
serpenteando a lo largo de los bosques, sube por su antebrazo, y derrama su pasión
hasta encontrarse cerca de su pecho.
Con la luz tenue, un par de velas encendidas, recordando el
tacto de su piel.
Amarla a ella era introducirte en el crepúsculo perpetuo, un
invierno frio en el alma si no estas junto a ella para calmar su sed y sus
anhelos. Morgan se arrodilla a los pies de Ailish rodeándola con manos de
viento y miradas de luna de plata, crepitando como luceros argentes su mirada
de fulgores incandescentes a sabiendas de que ella jamás le amará.

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