lunes, 18 de mayo de 2020

Después de mi última cena


Como todos los días a esta hora y delante de la Xbox, me enfrento a ese vil pensamiento y tentado estoy de acabar con todo este tormento, invocaba mentalmente a las milicias de la oscuridad absoluta y el silencio máximo, pero ni siquiera esos seres se presentaban, solo aparecía la cabecilla de esas hordas con su moño bien trenzado, su cota de malla llamado delantal y esa herramienta que tenía pegada a la mano, espumadera le apodaba. Ese vil ser que se entera de todo o hace todo lo posible para saber la vida de los demás, con sus cotilleos y los asuntos personales de otras víctimas mortales. Solo ese ser estaba vigilante, expectante y hacía de esos últimos segundos una agonía.
Cuando descubrí quien era ella juro por mi vida que hasta ese momento creía en la existencia del alma, pero resulta cruel y lo que en realidad es tenido en cuenta es que la jefa de los ejércitos demoníacos era poco sutil. Mi cerebro terminó entrando en shock, dando lugar a que dicho suceso se fuera repitiendo noche tras noche en su mente una y otra vez. ¡No puedo evitarlo, el cerebro está en el estómago!
Me lancé al vacío siendo consciente de cuál iba a ser el final y sentí una cierta curiosidad por saber que ocurre tras morir, ¿esa era la constante de la humanidad no? Había algo cierto, era el pilar de múltiples creencias y por todo ser humano que se precie y respete es bien sabido que uno no puede resistirse a un snack de chocolate después de la cena.
Ahí estaba la arpía, la bruja de la oscuridad, del furtivismo, ¡Manolo, suelta el chocolate que cada vez estás más gordo! Esa era mi vuelta al mundo de las tinieblas.



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